Día de las Artes Gallegas 2020. Domingo Antonio de Andrade

DOMINGO ANTONIO DE ANDRADE (1639-1712)

Hoy 1 de abril de 2020 comienza el año que la Real Academia Gallega de Bellas Artes le dedica a una de las figuras más importantes del barroco en Galicia, Domingo Antonio de Andrade. Si bien las actividades programadas desde diferentes entidades, entre ellas el propio Ayuntamiento de Cee, tuvieron que ser retrasadas hasta que pase el actual estado de emergencia sanitaria por el COVID-19, no queremos dejar pasar esta efeméride para recordar, aunque sea superficialmente, a una de las figuras singulares, junto con Fernando Blanco de Lema, de nuestra villa de Cee.

El Ayuntamiento de Cee tiene preparadas para cuando todo vuelva a la normalidad, una serie de actividades que pretenden homenajear y al mismo tiempo divulgar entre nuestros vecinos su obra, entre la que podemos destacar, por ser las más conocidas, la torre del reloj de la catedral de Santiago o las escaleras de caracol de Santo Domingo de Bonaval. Pero la obra de Andrade es mucho más y con razón está considerado como el principal promotor de la escuela barroca en Galicia, en la que se inscriben sus discípulos Simón Rodríguez y Fernando de Casas.

Fueron sus padres, Domingo López de Andrade natural de la parroquia de San Xulián de Petán (A Cañiza) y Alberta López, natural de Cee e hija de Alberto López y María López, “padres ricos y honrados”.

De su padre, sabemos que fue un hidalgo acomodado que ocupó el cargo de juez en las jurisdicciones de Vimianzo y Mens, lo que sin lugar a dudas lo sitúa en el entorno de los Condes de Altamira. Finalmente también sería juez en la villa y jurisdicción de Cee, lugar de residencia y en el que, como un vecino más, aparece como miembro de la cofradía de San Sebastián y Ánimas del Purgatorio o  también como mayordomo de la fábrica de Nuestra Señora de la Xunqueira en el año 1653.

Por algunos documentos conservados podemos deducir que Domingo Antonio de Andrade se crió en el seno de una familia que contaba con una buena posición social y económica en la villa, pero la prematura muerte de su madre y el hecho de que su padre había tenido hijas de un anterior matrimonio, dio lugar a problemas con las herencias entre el padre del artista y sus suegros y posteriormente entre el propio Domingo Antonio y su cuñado Andrés González de Lema. Esta situación no quedaría totalmente resuelta hasta el año 1703 cuando el arquitecto firme una concordia por la que recibió 400 reales y el campo de San Andrés en Corcubión.

Por otra parte, antes de dedicarse a la arquitectura, Domingo Antonio junto con su hermano Antonio de Andrade, empezó estudios eclesiásticos, consiguiendo la prima tonsura, antes de matricularse en la Universidad de Santiago. Domingo Antonio lo hará con quince años, en el año 1654, en la carrera de Artes, estudios que no seguirá ya que se matricula en el año siguiente en el primero año de la carrera de Cánones. En ese año de 1655 fue ingresado en el Hospital Real de Santiago sin que podamos saber la dolencia en concreto pero debió ser de cierta importancia ya que no continuará sus estudios en Santiago e incluso años después vuelve a aparecer ingresado en el citado Hospital.

A pesar de su corta estadía en la Universidad, Domingo Antonio de Andrade contará con conocimientos de filosofía y derecho canónico, dominando el castellano y, sobre todo, el  latín, lo que le permite acceder a las publicaciones extranjeras.

En las vísperas navideñas de 1659, con veinte años de edad, se bautiza en Corcubión su primer hijo, Francisco Antonio, tenido de soltera por Isabel de Areas Canosa con la que acabaría por casarse en marzo de 1662.

Poco después de su boda (1662) debe empezar a trabajar en los talleres artísticos de la catedral bajo el mando del canónigo José de Vega y Verdugo, quien lo instruiría en temas de arte y arquitectura.

Ya en 1663 abre su propio taller e ingresa en el gremio de canteros, entalladores, carpinteros y toneleiros de la ciudad de Santiago.

Hasta el año 1664, se forma cómo entallador aprendiendo el oficio de la mano de Francisco de Antas y Bernardo Pastora (los mejores artistas de retablos de la época).

En 1665, junto con el aparejador de la obra del Tabernáculo, Lucas Serrano, recibe el encargo de hacer  la que se considera su primera obra de importancia como entallador: la construcción del camarín del presbiterio que es el lugar al que acuden los fieles para venerar y abrazar la imagen del apóstol Santiago. Sus conocimientos de la madera y su habilidad hacen que el trabajo de estos primeros años tenga que ser necesariamente tenido en cuenta para entender el conjunto de su obra posterior.

Su ascenso dentro de los talleres de la catedral es imparable y en el año 1669 será nombrado aparejador menor de la obra del Tabernáculo al tiempo que empieza a acompañar el maestro de obras de cantería de la catedral, José de la Peña de Toro, y a redactar sus primeros informes. Este hecho será definitivo para su consagración posterior como arquitecto, ya que con él aprendió el oficio en la práctica.

En marzo de 1672 con el informe favorable de Vega y Verdugo, que se va para Granada, es nombrado aparejador mayor de la catedral empezando a disfrutar de una serie de privilegios reservados solo para un reducido número de personas. Entre ellas se encuentran la exención de pago de impuestos, levas militares, alojamientos, etc. Su salario anual será de 50 ducados incluyendo entre sus obligaciones, además de visitar e informar del estado de las propiedades del Cabildo, la preparación cada año de un montaje diferente para el castillo de fuegos del día de Santiago. Empieza así la etapa profesional más importante de su vida. La partida de Vega y Verdugo, va a hacer que pueda terminar las obras del Tabernáculo, con su criterio y dirección. Además ya es nombrado sucesor del maestro de cantería Peña de Toro, hecho que se consumará  tras su muerte  en 1676. Es entonces cuando Andrade, pasa a ser Maestro Mayor de la Catedral, tanto de carpintería, como de cantería, cargo que ocupará durante el resto de su vida. Su responsabilidad será máxima en todo lo relacionado a las obras tanto de la catedral como de las propiedades capitulares, además de supervisar el trabajo del aparejador, oficiales, aprendices, seguir organizando todo lo relacionado con las fiestas del Apostol y tasar todos los materiales para las obras.

Tanto en el arte del retablo como en el de arquitectura, la figura de Domingo Antonio de Andrade es la de un innovador, renovando en Galicia las formas decorativas y de la construcción. Tras su muerte, Andrade no solo nos dejó una obra extraordinaria, sino también su influencia tanto directa como indirecta en todas las obras gallegas de finales del siglo XVII y primera mitad del siglo XVIII.

Todo lo que se pueda decir de este gran arquitecto seguramente será poco, así que tenemos la obligación como veino nuestro que fue de contribuir, dentro de nuestras posibilidades, a la divulgación de su obra y a afirmar con orgullo que una parte de esa catedral que cada año maravilla a los cientos de miles de personas que la visitan, tiene raíces ceenses gracias a Domingo Antonio de Andrade.

Más información en la Real Academia Gallega de Bellas Artes

Texto: Víctor Manuel Castiñeira Castro

Técnico de Xestión Cultural do Concello de Cee

 

 

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